Profundos ojos cerrados

Creer, a veces es todo lo que se necesita para estar vivo. Es lucidez, la liga que mantiene unido a nuestro cuerpo, los más dulces sentimientos y los horrores cotidianos; un himen que guarda la integridad de nuestra alma.

Pero yo estoy dejando de creer. Y sé que algo se está separando dentro de mí, porque siento cómo una membrana se desgarra y empieza a flotar sobre mi cuerpo. Como si separaran la clara de un huevo y sólo dejaran la podredumbre.

Veo escurrir las chalazas desde las alturas y un hoyo profundo que aguarda bajo mis pies. La vacuidad invade mi memoria y me eleva sobre el abismo, como si abandonar el cuarto de los recuerdos me volviera etérea.

Ahora todo es especulativo. Tú. Yo. Nuestra historia.

Las veces que caminamos juntos bajo la lluvia y nos besamos. Mi comida favorita. El abrazo de mi madre. La canción con la que noche a noche me arrullaba mi padre. Los partidos de ajedrez con mi hermano. El faro que destellaba nuestra casa en el mar. Todo está cubierto por heno, en tinieblas.

No hay rostros, ni sentimientos. No hay escenarios, ni naturaleza. No hay deseos, ni movimiento. No hay tiempo.

Los cuerpos son vapor que se ondea entre el sosiego de las sombras. En el silencio. En las fauces de un León de melena negra que es devorado por hienas entre cantos gregorianos.

Las mismas hienas que cada noche invadían la sala de mi casa y de las que me escondía, a veces bajo la cama, otras encerrada en el baño o en la esquina del closet.

Pensé que me había librado de ellas en cuanto dejé de escuchar sus risas estruendosas como sirenas de ambulancia. Pero me alcanzaron y ahora sé que soy suya, mi voz, mi cuerpo, mis recuerdos, mi vida es su tributo.

Porque desde el momento en que su lágrima derramó tierra, devoraron lo último que me quedaba: la esperanza. Dejé de creer y la oscuridad eterna enterró mis ojos.

Interrogación

“¿Cómo elegiste quererme así?” Pienso detenidamente mientras lo observo dormir. Suspiro y suavemente deslizo mi mano sobre la sábana azul para cubrirme los senos. No hay escena más bonita que ver como yace Héctor boca abajo con el rostro plácido, rejuvenecido por la tintura que aplicó en su cabello cano.

Cierro los ojos, pongo una coma. Los abro de nuevo porque escucho su respiración. Quiero ser cómplice de la escena, atestiguar el momento exacto en el que un hoyo negro se abra sobre la cabecera para robar la oscuridad de sus ojeras. Pero me gana el cansancio.

Siento sus manos envolver mis piernas y pienso “¿cómo elegiste quererme así?, con tu piel rozando la mía para crear energía cinética”. Pongo un punto y coma; y se ancla a mi cadera para danzar vehemente, con los ojos cerrados y la luz de una aurora boreal cruzando la ventana abierta.

Respiro, respira, se agita, muerdo, acaricia, despeino, pongo más comas. Y gotas de pintura de diferentes colores salpican la habitación. Chispas que iluminan sus ojos aún cerrados y pienso “¿cómo elegiste quererme así?, como un sol que hace florecer al jardín en cada primavera”.

Brinca de nuevo y regresa su cuerpo a la cama. Entonces recuerdo cuando lo conocí, con los ojos hinchados y la boca agria, con una historia rayada que se reproducía una y otra vez hiriéndome y que no sabía si era real o producto de mi imaginación. Pongo un paréntesis.

Trazo mi amor en su espalda y pienso “¿cómo elegiste quererme así? Con la fortuna de un perro abandonado que encuentra un nuevo hogar entre el abismo de los mismos brazos.

El halo del día se acerca. Cierro los ojos para descansar por siempre a su lado. Pongo un punto.

Pero ahora él me mira. Sé que lo hace porque le gusta mirarme, arrullarme con el júbilo de su espíritu que ya no le debe nada a nadie. Fija su mirada en mi sonriente rostro boca abajo y pienso “¿cómo elegiste quererme así? Como un incendio pueril”.

Cierra la cortina para que no entre luz. Pone puntos suspensivos.

Ciclo taciturno

Las peores lágrimas
son las que se lloran en silencio,
con los puños apretados.

Las que hunden los ojos,
ahogan el pecho
y astillan el ombligo.

Las peores lágrimas
acaban con el espíritu,
con las sonrisas bondadosas.

Devoran el brillo en la mirada,
erosionan la piel;
son gotas amargas.

Las peores lágrimas
se viven en anonimato,
ocultando el rostro en lodo.

Rechinan entre los dientes
escaldan la lengua
pudren el vientre.

Las peores lágrimas
quiebran las venas
arrojándote al vacío.

Pero las peores lágrimas
también pueden salvarte:
renacer con otro lagrimal en el Etna de Sade.

Condensado

Histeria, es el diagnóstico que me dio el doctor. Pero no me trago ese cuento, estoy segura de que tengo un mal en el corazón que nadie me quiere revelar. Voy a morir y él lo sabe.

No puedes seguir obsesionada, Elena, estás tirando todo por la borda.

Pero ya no escucho nada, sólo ruido muerto: palabras borrascosas que se adhieren como arañazos a mi piel.

Qué desesperante, no he podido dejar de rascar la mesa porque mi corazón late tan rápido que siento cómo la vena superior de mi frente va estallar.

Sí, y estallarán astillas justo frente a la cara del doctor. Entonces sí se le caerá el teatro, porque ni siquiera tiene qué recetarme. Ni yo más que explorar: Acortral, Tafil, Prozac, Clonazepam, Diazepam, Carbamazepina, ya nada me funciona.

Antes lo hacían, cuando bajaba mi cabeza para dormir y me sumergía en la profundidad del mar. La oscuridad perfecta en la que una línea blanca me acariciaba la cabeza y me permitía encontrar respuestas.

Pero esta agitación ya no me deja dormir por las noches, aun cuando engulla mis pastillas siento que algo pesado danza sobre mi pecho y me impide respirar. Abro los ojos inhalando lo más fuerte posible, pero no sé si estoy despierta.

La piel se me eriza de sólo pensar que se están riendo de mí. Y sé que tengo que regresar a casa, pero me aterra pensar que a mi llegada estará mi madre sentada en mi sillón rojo y el doctor acompañándola.

Y sé que no escucharé nada de lo que planeen, porque lo único que oigo es cómo mi corazón se azota contra las paredes.

Amor, odio, locura, bah, son palabras que ya no describen nada, que ya ni siquiera entiendo y que ya no puedo utilizar para completar con coherencia una oración. Son palabras que cuando le intente explicar al doctor, su rostro se desvanecerá ante mis ojos mientras me dice que no tengo un problema en el corazón.

Él es viento

Él crecía como el viento, libre.

Como un delicado soplo que desde los huesos hasta el corazón,

alborota las jardineras del caos.

Temible corriente que te cobija la piel.

Él veía a través de los líquidos.

Desde un ángulo distinto en el que sorbiendo un trago, o dos,

puedes mirar dentro del alma de cualquiera.

Y su máscara cruzaba el humo,

deslizándose suavemente como lirio sobre agua.

Cristalino corazón que vestía de verde,

un duende devoto al alcohol y a las bellezas sin sombra.

Él era una vena que protegía sus secretos incendiándose.

Naciendo una y otra vez: polvo que volverá a palpitar y será feliz.

Polvo que vuela en libertad, porque él es viento y ahora quizás, hasta es mar.