La última palabra

Hasta el final ves un árbol con un colibrí recién nacido, agitándose mientras cae al vacío. También ves a dos humanos queriendo revivirlo, alejando a los gatos, a las demás aves voraces, al viento. Hasta el final, después del árbol, ves una llanura espesa y a dos humanos acostados bajo las ramas, cubriéndose uno al otro del sol, salvándose día tras día, besándose hasta que sus lenguas brinquen entre universos y el camino de la espalda sea un cuenco de agua pura. Más allá, en el final, ves una vía del metro por donde ambos pasean tomados de la mano, construyendo una historia de roces corpóreos, de miradas fijas, de abrazos largos, de despedidas involuntarias, de flores en el corazón. Allí, en el fondo, más aún, rascando mucho más, ves el mar y dos humanos bailando, tomados de la mano. El mismo baile de siempre: torpe y divertido. El baile que disfrutan porque están juntos. Porque son jóvenes. Porque están enamorados: vivos. ¡Qué bendición! Se encontraron aun cuando ya nadie cree en el amor. Más allá, en el final, donde la oscuridad es tan profunda que se siente acechante, están los dos riendo mientras corren bajo la lluvia, y él la cubre con su chamarra para que no se enferme. Ella nunca quiso ser frágil, pero con él se dejó caer. Con él se vale todo. Con él se puede todo. The only exception. Pero allá, en el final, si ves bien donde la llanura se desvanece, donde el árbol y las florece se secan, donde los colibríes mueren, donde la lluvia enferma, donde la vía no lleva a ningún lugar, donde los abrazos son solamente cordiales y las despedidas son tan decepcionantes como los besos que no agitan ni una sola parte de tu cuerpo, allí, en ese final que no entiendes por más entendible que sea, estás tú.

Sólo recuerda, el trato con la flor no es arrancarla, sino volverla a regar.

 

 

 

 

 

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Los colores de una vida

Rosa. En el sombrero que te cubría un ojo a los 3 años de edad dentro de una iglesia. Y el origen del color en tu vida: vestidos, zapatos, pantalones, moños, muñecas: la diferencia de no ser sólo humano: la consecuencia de ser mujer: la consecuencia de que tu madre quiera que seas “mujer / femenina”. Bri / Lupis / Tere. Negro. Porque toda adolescencia que duele es negra. Es disidente. Rebelde. Es la máscara, el caparazón. El color que nos une como género, sin edad, sin clase social. Sex-surf como salvación. Fiestas. Alcohol. Morado. Y las lilas cayendo en primavera por todas partes. El amor. El corazón teñido de un púrpura descontrolado. Rojo. El borbotón de sangre saliendo de tu frente. Las fresas y las manzanas. Comprenderte como mujer que no es rosa ni negra, sino roja cada mes. Dolor. Morado. En la mirada. En su mano. En el roce plácido de su piel. En el viento. En la seguridad que nadie más te había proporcionado. En la libertad. Rojo. Pensar con el corazón en la izquierda. La pérdida de tu primer mascota. La cirugía de mamá. Cocinar: quemar: cocinar: molestar: cocinar: todos enfureciendo: crecer. Morado. Y las letras que aparecen en la cabeza como si alguien susurrara. Escribir sobre él. Negro y morado. La primera traición y el frustrante no viaje al norte. Enojo; con la vida, con todos. Querer huir y no saber cómo. Estar perdida. Rosa. Reconciliarte con el color de infancia. Perdonar. Rojo. En su frente, en la pared, en el vaso roto en el piso. Miedo. Morado. La segunda vuelta. La efervescencia de querer ser adulto. Irte de casa y sentir la libertad como algo infinito. Tu hermano viviendo contigo su propia libertad y la ternura de querer cuidarlo. Violeta. LSD. Sentir la vida del agua entre tus manos y el aire que llena tus pulmones. Rojo. Por primera vez en los labios. En el labial azotado contra la pared como mancha imborrable. En las sillas, libros, ilusiones, rotas. En su mano quebrando la tuya. En los huecos en las paredes. Negro. En la inspiración que te brinda la madrugada para hablar, para sentir, para escribir: para ser honesto. Rosa. Y sentir que puedes sonreír otra vez. Reír a carcajadas. Reír sin pretensión. Reír por reír. Ir a todas partes. Bailar. Morado. MRM. Rojo. Choque de moto. Su cerebro escurriendo por su nariz. Esperanza. Hospital. Rojo y negro. En las ojeras. En las lágrimas que ya no salen. Negro. 14 de febrero. No hablar con nadie, nadie, nadie. Voces como estruendo. Correr a los idiotas. Ser fuerte por mamá, por papá. Decirle adiós. Querer honrarlo. Negro y morado. El abrazo. Perdonar de nuevo. La nueva oportunidad. Una niña dentro de otra niña. Decidir ser mamá. Beige. 30 días en el hospital. Papá con la cabeza rota. La cabeza otra vez. La cabeza como símbolo de lo que no está bien. Rosa. Papá abrazándote porque está a salvo. Y ella nace. Tenerla entre tus manos por primera vez. El ciclo de la vida completo. Prometerte que ella no será sólo rosa, sino multicolor. Negro y rosa. Todos queriendo decidir sobre tu vida y su pequeña vida. Morado. Él como papá. Negro. Y la depresión que te absorbe y nadie entiende. Negro. Porque no sólo tu memoria tiene un vacío inmenso, también tú. Negro. El color que te viste casi siempre. Negro. El color de tu sonrisa y de las veces que lloras quedito en el baño. Negro. Porque el mismo color que te hunde, te saca. Rojo y negro sobre el morado. Gritos. Peleas. El corazón dejando de sentir. Aferrarse a la sinrazón. Miedo constante. Odio. Sueños de tu hermano. Escribir como terapia. Morado. Y tus amigos haciéndote fuerte. Ella creciendo. Ella como futuro. Viajar. Negro, rosa y morado. El perdón de todos los colores y la búsqueda de más tonalidades. Rojo, sólo donde debe ir: en los labios como muestra de confianza. Rosa. Y la ilusión que te despierta estudiar de nuevo. Los tres tréboles. Rosa y negro. Como oportunidades para descubrir nuevos colores.

 

Bang Bang

Como en una batalla de spy vs spy, me aniquilaron de la forma menos esperada. Una roca gigante estaba por caerme encima, pero logré quitarme. Mi mala suerte constó en no ver el verdadero peligro al que me estaba desplazando: él disparándome a quemarropa.

Después de cuatro balas uno ya no ríe. Pero después de 9, tampoco llora, porque es suficiente pérdida de líquidos con los chorros color cereza que abandonan mi cuerpo, como para también despojarme de agua a través de los ojos. Podré ser asesinada, pero dejarme deshidratar… ¡jamás!… sería casi un suicidio: una asesinada más por culpa propia: su victoria.

Así que no, me contengo porque no deseo que me condenen por mi propia muerte, así que incluso evito también sudar. Además, tengo claro que estoy en la edad justa en la que hasta cuando estás muriendo, es preferible conservar la calma y encontrar paz mental, mientras sientes cómo te vas vaciando lentamente.

Eso es, quiero morir con dignidad y elegancia. Primero las manos y sus vibraciones continuas, que hasta hace unas horas hubieran acariciado con ternura su maldad. Después las rodillas que me quemaban ayer, cual premonición, hoy empiezan a paralizarme las piernas como si tuviese por rótulas dos hielos inderretibles. Ahora la cabeza y ese mareo infernal, y la náusea, y los recuerdos que ahora son más nítidos que nunca, y el sentir que ya no siento, y el torpor.

Aunque hay cosas que no encajan en la historia, como ¿quién empujó el alud que me iba a demoler, si él estuvo siempre a mi lado, circundándome perniciosamente, sí, pero a mi lado? ¿De dónde sacó ese revolver tan grande como el de Bruce Willis en el video de Stylo, de Gorillaz? ¿Por qué mi muerte no tiene el ritmo de esa canción? ¿Mi final es su comienzo? ¿O mi comienzo podía estar firmado con su final?

Sería increíble que sonaran canciones de Sinatra o de Einaudi o de Tiersen, qué mejor adiós que ese. Morir escuchando.

Digo, sólo espero no hacerlo bajo el sonido de una ambulancia o perdida en el aburrido color blanco de una sala de hospital, donde el escándalo de la TV abrume. Prefiero aquí tendida sobre el mar rojo, con la brisa de su cobardía arrasada por mi libertad. En la lejanía de su discurso de amor falso y soporífero. Sin la tabarra de su frustración, o la cepa que le une a su madre noche y día impidiéndole ser un verdadero hombre. Con el sol en los ojos, y la luna en el corazón.

Escucho las detonaciones una y otra vez en mi cabeza como si provinieran de un tambor de vudú. Al final creo que él disparó, pero yo lo decidí. Fue mi lealtad hacia él la que lo obligó a jalar el gatillo.

Las cosas nunca deberían ser perfecta, y no lo son. Pero eso sí, todas las cosas pasan cuando deben pasar. En la filosofía griega se trataba del Kairós, una acotación casi divina que te indica que es el momento exacto. Y este, creo que este es el mío: “bang-bang”.

Silencio, el tiempo se fue

Aullando su último tic-tac, se detuvo el reloj. Tímido uno, franco dos.

Su última vuelta agonizante retorció los segundo en minutos, en horas, en años. Era el tiempo en busca de lo que ya no es tiempo: cada mañana, tarde y noche rozando las mismas 9:00 apesadumbrado.

Por fin se detuvo esa sombra presurosa, acuciante. El vaivén del retablo de duelos acumulados, persiguiéndonos con un sonido espeluznante que mientras menos suena, más acecha.

Miedo tres. Casi cuatro. A rabillo del ojo lo veo marchito, silenciándose ahogado en el círculo. Vaya figura que devora. Un punto en movimiento que llega al mismo sitio; siempre. Es la dialéctica de un amor incomprendido que no veía el fin de su ciclo.

Dicotomía que se creía unidad: dos seres que sin pensarlo deambularon separados: yo vaporosa, tú arrastrándote en el segundero. Lágrimas cinco, decepción en seis, forman la nata de marisma sobre la que se mece el amargo de mi boca.

Pero aún con sequedad, te guardo un último beso con amor de siete y ocho, que recuerde el universo que nos juntó. Las manos perfectamente embonadas como si estuviesen creadas para sí; la sonrisa alzada al sol con el viento cepillándonos los dientes. Eran tus ojos puestos sobre los míos y esa párvula formula para hacer el amor.

El rito despreocupado para quienes aclaman un alma nueva, creyendo que la sucesión de las cosas no va en círculo sino en espiral. Y no, hundidos en la profundidad la bella esencia que nos unió, nos dividía en uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho. Porque estar en el abismo no importaba… hasta que importó, fue dando casi las 9:00, cuando se detuvo este reloj.

La fase de las olas

Septiembre 2016.

Un oleaje acuciante se eleva y se bate dentro, urdiendo tu voz entre la roja espuma. La catástrofe se avecina y sólo la miramos contemplativos sin entenderla, sin comprender la lógica entre el calor húmedo que nos pesa sobre la cabeza y nuestras ganas de quedarnos allí. Pero caminamos enterrando los pies en lo más profundo, sin mancharnos. Mientras la ola inquietante nos vigila y simula un vaivén ligero para tumbarme. Es el cóccix, el sacro y los coxales. Están rotos, o duelen como si lo estuvieran. Como si el piso se hubiese fracturado y el núcleo caliente emergiera lentamente, tan lento que ni la desesperación ni mis sollozos se sienten.

Aunque es cierto: la ola hace un trabajo efectivo y de tajo, como deberían ser todas las cosas que purifican. Y entonces la cabeza se incendia y el cuerpo se enfría: insensible, tartamudo, abandonado ante una marea que sube y sobrellena. Las cenizas en el cráneo se arremolinan en una tolvanera de palabras: “demasiado”, ahora comprendo su significado anormal, una palabra mal entendida todo este tiempo: “te amo demasiado”: te amo “de más”: te amo “en una medida injusta” –amarte no sirve.

El desplome de lo corrupto deja lucidez, el alba de tu mirada abriéndose ante mí: pequeños ojos que no ven nada, pero que en las pupilas se iluminan dos universos donde brotan estrellas y una luna orbita desafiante. El silencio se rompe y por fin escucho a tus constelaciones cantarle a las sombras, que liberarán a las mandrágoras para cuidarte.

Sin saberlo eres conquistadora de una tierra joven, pero insípida, tumultuosa y trágica. Eso sí, tuya, tan tuya que reconoces en cada pliegue de las hojas secas, en el terciopelo rasgado de las escaleras donde se apiñaron los cientos de libros destruidos y las decepciones, en la marea tibia que empieza a descender para ti y en el viento alado que eleva cada sentimiento al lugar menos humano posible. Es tu hogar: un mundo manchado por mundos viejos, con seres inexistentes y recuerdos turbados por la imaginación; pero que, bajo la luz de su propia identidad, florecerá con cada fase de de las olas.

Reconstrucción 19

Y el cuarto vacío otra vez. Son esas paredes blancas las que me devoran, las que cada noche antes de dormir golpeo tres veces para sentir que seguirán de pie mientras cierro los ojos. Frías. Inquietantes. De una textura rugosa que mientras más rasco, siento llevarme a pedazos. Mis uñas se entierran en el pálido yeso agrietado y como pinzas inertes, me sostienen de él.

Pero en el silencio de la noche pávida, escucho el crujir de algo que se desmorona. Un ladrillo que en segundos puede ser polvo tiritando en la inmensidad de una ola gris que nubla el paisaje por horas. No veo nada, pero mis uñas siguen ancladas a la pared.

La respiro, sigue oliendo a pintura blanca que me asfixia. Me aferré todo este tiempo en ver pulcritud en el cuarto, hasta que te fuiste. Hasta que todos huyeron, aplastando la tierra y dejándola infértil; recogiendo cenizas, demoliendo paredes; encontrando cuerpos, omitiendo verdades.

Pero mi pared es un lienzo blanco que no supe pintar de otro color o con otras formas, y que hoy está eligiendo su propia figura: la de la destrucción. Entre grieta y grieta está marcando su historia, una que sostengo entre mano y espalda desde el 19 de septiembre, porque en el sonido de todas las alarmas y el movimiento de los picos y las palas, soy parte de la pared.

 

 

Profundos ojos cerrados

Creer, a veces es todo lo que se necesita para estar vivo. Es lucidez, la liga que mantiene unido a nuestro cuerpo, los más dulces sentimientos y los horrores cotidianos; un himen que guarda la integridad de nuestra alma.

Pero yo estoy dejando de creer. Y sé que algo se está separando dentro de mí, porque siento cómo una membrana se desgarra y empieza a flotar sobre mi cuerpo. Como si separaran la clara de un huevo y sólo dejaran la podredumbre.

Veo escurrir las chalazas desde las alturas y un hoyo profundo que aguarda bajo mis pies. La vacuidad invade mi memoria y me eleva sobre el abismo, como si abandonar el cuarto de los recuerdos me volviera etérea.

Ahora todo es especulativo. Tú. Yo. Nuestra historia.

Las veces que caminamos juntos bajo la lluvia y nos besamos. Mi comida favorita. El abrazo de mi madre. La canción con la que noche a noche me arrullaba mi padre. Los partidos de ajedrez con mi hermano. El faro que destellaba nuestra casa en el mar. Todo está cubierto por heno, en tinieblas.

No hay rostros, ni sentimientos. No hay escenarios, ni naturaleza. No hay deseos, ni movimiento. No hay tiempo.

Los cuerpos son vapor que se ondea entre el sosiego de las sombras. En el silencio. En las fauces de un León de melena negra que es devorado por hienas entre cantos gregorianos.

Las mismas hienas que cada noche invadían la sala de mi casa y de las que me escondía, a veces bajo la cama, otras encerrada en el baño o en la esquina del closet.

Pensé que me había librado de ellas en cuanto dejé de escuchar sus risas estruendosas como sirenas de ambulancia. Pero me alcanzaron y ahora sé que soy suya, mi voz, mi cuerpo, mis recuerdos, mi vida es su tributo.

Porque desde el momento en que su lágrima derramó tierra, devoraron lo último que me quedaba: la esperanza. Dejé de creer y la oscuridad eterna enterró mis ojos.

Interrogación

“¿Cómo elegiste quererme así?” Pienso detenidamente mientras lo observo dormir. Suspiro y suavemente deslizo mi mano sobre la sábana azul para cubrirme los senos. No hay escena más bonita que ver como yace Héctor boca abajo con el rostro plácido, rejuvenecido por la tintura que aplicó en su cabello cano.

Cierro los ojos, pongo una coma. Los abro de nuevo porque escucho su respiración. Quiero ser cómplice de la escena, atestiguar el momento exacto en el que un hoyo negro se abra sobre la cabecera para robar la oscuridad de sus ojeras. Pero me gana el cansancio.

Siento sus manos envolver mis piernas y pienso “¿cómo elegiste quererme así?, con tu piel rozando la mía para crear energía cinética”. Pongo un punto y coma; y se ancla a mi cadera para danzar vehemente, con los ojos cerrados y la luz de una aurora boreal cruzando la ventana abierta.

Respiro, respira, se agita, muerdo, acaricia, despeino, pongo más comas. Y gotas de pintura de diferentes colores salpican la habitación. Chispas que iluminan sus ojos aún cerrados y pienso “¿cómo elegiste quererme así?, como un sol que hace florecer al jardín en cada primavera”.

Brinca de nuevo y regresa su cuerpo a la cama. Entonces recuerdo cuando lo conocí, con los ojos hinchados y la boca agria, con una historia rayada que se reproducía una y otra vez hiriéndome y que no sabía si era real o producto de mi imaginación. Pongo un paréntesis.

Trazo mi amor en su espalda y pienso “¿cómo elegiste quererme así? Con la fortuna de un perro abandonado que encuentra un nuevo hogar entre el abismo de los mismos brazos.

El halo del día se acerca. Cierro los ojos para descansar por siempre a su lado. Pongo un punto.

Pero ahora él me mira. Sé que lo hace porque le gusta mirarme, arrullarme con el júbilo de su espíritu que ya no le debe nada a nadie. Fija su mirada en mi sonriente rostro boca abajo y pienso “¿cómo elegiste quererme así? Como un incendio pueril”.

Cierra la cortina para que no entre luz. Pone puntos suspensivos.

Ciclo taciturno

Las peores lágrimas
son las que se lloran en silencio,
con los puños apretados.

Las que hunden los ojos,
ahogan el pecho
y astillan el ombligo.

Las peores lágrimas
acaban con el espíritu,
con las sonrisas bondadosas.

Devoran el brillo en la mirada,
erosionan la piel;
son gotas amargas.

Las peores lágrimas
se viven en anonimato,
ocultando el rostro en lodo.

Rechinan entre los dientes
escaldan la lengua
pudren el vientre.

Las peores lágrimas
quiebran las venas
arrojándote al vacío.

Pero las peores lágrimas
también pueden salvarte:
renacer con otro lagrimal en el Etna de Sade.

Condensado

Histeria, es el diagnóstico que me dio el doctor. Pero no me trago ese cuento, estoy segura de que tengo un mal en el corazón que nadie me quiere revelar. Voy a morir y él lo sabe.

No puedes seguir obsesionada, Elena, estás tirando todo por la borda.

Pero ya no escucho nada, sólo ruido muerto: palabras borrascosas que se adhieren como arañazos a mi piel.

Qué desesperante, no he podido dejar de rascar la mesa porque mi corazón late tan rápido que siento cómo la vena superior de mi frente va estallar.

Sí, y estallarán astillas justo frente a la cara del doctor. Entonces sí se le caerá el teatro, porque ni siquiera tiene qué recetarme. Ni yo más que explorar: Acortral, Tafil, Prozac, Clonazepam, Diazepam, Carbamazepina, ya nada me funciona.

Antes lo hacían, cuando bajaba mi cabeza para dormir y me sumergía en la profundidad del mar. La oscuridad perfecta en la que una línea blanca me acariciaba la cabeza y me permitía encontrar respuestas.

Pero esta agitación ya no me deja dormir por las noches, aun cuando engulla mis pastillas siento que algo pesado danza sobre mi pecho y me impide respirar. Abro los ojos inhalando lo más fuerte posible, pero no sé si estoy despierta.

La piel se me eriza de sólo pensar que se están riendo de mí. Y sé que tengo que regresar a casa, pero me aterra pensar que a mi llegada estará mi madre sentada en mi sillón rojo y el doctor acompañándola.

Y sé que no escucharé nada de lo que planeen, porque lo único que oigo es cómo mi corazón se azota contra las paredes.

Amor, odio, locura, bah, son palabras que ya no describen nada, que ya ni siquiera entiendo y que ya no puedo utilizar para completar con coherencia una oración. Son palabras que cuando le intente explicar al doctor, su rostro se desvanecerá ante mis ojos mientras me dice que no tengo un problema en el corazón.