Interrogación

“¿Cómo elegiste quererme así?” Pienso detenidamente mientras lo observo dormir. Suspiro y suavemente deslizo mi mano sobre la sábana azul para cubrirme los senos. No hay escena más bonita que ver como yace Héctor boca abajo con el rostro plácido, rejuvenecido por la tintura que aplicó en su cabello cano.

Cierro los ojos, pongo una coma. Los abro de nuevo porque escucho su respiración. Quiero ser cómplice de la escena, atestiguar el momento exacto en el que un hoyo negro se abra sobre la cabecera para robar la oscuridad de sus ojeras. Pero me gana el cansancio.

Siento sus manos envolver mis piernas y pienso “¿cómo elegiste quererme así?, con tu piel rozando la mía para crear energía cinética”. Pongo un punto y coma; y se ancla a mi cadera para danzar vehemente, con los ojos cerrados y la luz de una aurora boreal cruzando la ventana abierta.

Respiro, respira, se agita, muerdo, acaricia, despeino, pongo más comas. Y gotas de pintura de diferentes colores salpican la habitación. Chispas que iluminan sus ojos aún cerrados y pienso “¿cómo elegiste quererme así?, como un sol que hace florecer al jardín en cada primavera”.

Brinca de nuevo y regresa su cuerpo a la cama. Entonces recuerdo cuando lo conocí, con los ojos hinchados y la boca agria, con una historia rayada que se reproducía una y otra vez hiriéndome y que no sabía si era real o producto de mi imaginación. Pongo un paréntesis.

Trazo mi amor en su espalda y pienso “¿cómo elegiste quererme así? Con la fortuna de un perro abandonado que encuentra un nuevo hogar entre el abismo de los mismos brazos.

El halo del día se acerca. Cierro los ojos para descansar por siempre a su lado. Pongo un punto.

Pero ahora él me mira. Sé que lo hace porque le gusta mirarme, arrullarme con el júbilo de su espíritu que ya no le debe nada a nadie. Fija su mirada en mi sonriente rostro boca abajo y pienso “¿cómo elegiste quererme así? Como un incendio pueril”.

Cierra la cortina para que no entre luz. Pone puntos suspensivos.

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Ciclo taciturno

Las peores lágrimas
son las que se lloran en silencio,
con los puños apretados.

Las que hunden los ojos,
ahogan el pecho
y astillan el ombligo.

Las peores lágrimas
acaban con el espíritu,
con las sonrisas bondadosas.

Devoran el brillo en la mirada,
erosionan la piel;
son gotas amargas.

Las peores lágrimas
se viven en anonimato,
ocultando el rostro en lodo.

Rechinan entre los dientes
escaldan la lengua
pudren el vientre.

Las peores lágrimas
quiebran las venas
arrojándote al vacío.

Pero las peores lágrimas
también pueden salvarte:
renacer con otro lagrimal en el Etna de Sade.

La edad

Recorrimos la distancia en poco tiempo,
años de inocencia que encontraron pronto la primavera.

El viento vestía un terciopelo distinto,
no crujía entre los árboles,
no apagaba llamas.

Acariciaba nuestras caderas;
jugueteaba con el pasto, tu cabello, el mío.

Un instante era todo:
la jacaranda te pintaba
el lápiz te escribía
las voces te cantaban.

Éramos nuestra bebida predilecta,
el festín alojado en tu sonrisa.

Éramos cabalgantes de la libertad,
alimentados por dosis de irresponsable tranquilidad.

Crecimos entre las ramas,
salvajes, hoscos, torpes.

Pero la polilla camina en la rama,
el viento despoja a la jacaranda,
la primavera acaba.

Acaba como principia,
con murmullos impacientes
e inesperadas mutaciones.

Una primavera que no regresa,
porque todas las estaciones viven juntas
como un tornado que arrasa,
como la intranquilidad de un globo que reventará.

Es el caos,
no mío y no tuyo, no fuera de este mundo.
Es nuestro,
en la sequedad de una garganta obscena.

Todo y nada,
la brisa y el calor intenso,
el llanto y una risa estrepitosa,
es pasión, amor y no intentos.

Así te quiero,
con todo en contra y nada a favor.

Él es viento

Él crecía como el viento, libre.

Como un delicado soplo que desde los huesos hasta el corazón,

alborota las jardineras del caos.

Temible corriente que te cobija la piel.

Él veía a través de los líquidos.

Desde un ángulo distinto en el que sorbiendo un trago, o dos,

puedes mirar dentro del alma de cualquiera.

Y su máscara cruzaba el humo,

deslizándose suavemente como lirio sobre agua.

Cristalino corazón que vestía de verde,

un duende devoto al alcohol y a las bellezas sin sombra.

Él era una vena que protegía sus secretos incendiándose.

Naciendo una y otra vez: polvo que volverá a palpitar y será feliz.

Polvo que vuela en libertad, porque él es viento y ahora quizás, hasta es mar.