LA ISLA DE LOS IMBÉCILES

“En la vida conocerás a un montón de imbéciles. Si te hieren, piensa que es la estupidez la que los empuja a hacerte el mal: eso te protegerá de responder a su maldad”, lo escucho, lo leo, lo pienso, me lo creo. Lo hago filosofía y me aferro a la idea de que quien te hiere está más herido que tú.

Pero hoy ya no puedo con eso. No puede haber tanta estupidez en el alma de un ser humano como para destrozar a otra persona una y otra vez sin importarle su dolor, ni nada. Debe haber algo más. O mejor dicho, debe de faltar algo. ¿Un corazón? ¿Empatía? ¿Consciencia? ¿Una tremenda golpiza?

No son los embates morales, ni los constructos sociales o religiosos. No es el cielo ni el infierno. Ni el castigo o la bendición. No es la estupidez, para mí es oportunismo bien racionalizado y calculado.

Pero en las personas que ponen la otra mejilla, creo que también falta algo. ¿Memoria? ¿Decisión? ¿Clases de krav maga? ¿Un guarro?

Porque siento que justificamos a los imbéciles por subestimar su imbecilidad, cobijándolos con lo políticamente correcto para esta época: perdonar y soltar. Los cobijamos como si fueran víctimas de algo tan elevado que no pueden entender, los subestimamos aún cuando traen la pistola en la mano derecha y en la izquierda su disculpa anticipada en papel.

¡Como si eso bastara! Disculparse y ya. ¡Ja!

Un imbécil que no es tachado de imbécil sigue pensando que es correcto serlo. Crece así. Se multiplica así. Se vuelve tendencia así. Y de pronto ves a un séquito de imbéciles construyendo el mundo que habitas.

Una plaga que se extiende, creyendo que su imbecilidad los hace cool, los asciende al siguiente nivel de la evolución: ser el más fuerte en la cadena es ser imbécil: ser un traidor, ser hipócrita, ser ególatra, machista, desleal, ser mentiroso y ruin.

¿Lo es? ¿Eso es ser el más fuerte? Porque el puñal que te clava un imbécil se alimenta de tu dolor. Creen que si tú lloras, si te das la oportunidad de sentir y de perdonarlos, eres débil. ¿Cómo podemos ser tan condescendientes con los imbéciles?

No se trata sólo de perdonar, olvidar y dejar que todas las heridas pasen de largo, porque si su imbécil es tan mierda como el mío, no parará de mascullarlos hasta verlos realmente jodidos. Así que, por favor, queridos lectores, identifiquen a sus imbéciles y sáquenlos de sus vidas.

Corten los lazos, el contacto, no vuelvan a compartir nada de sus vidas con los imbéciles, ni su voz, ni una mirada, ni sus pensamientos, ni sus sueños, ni sus deseos. ¡Nada! Olvídenlos hasta de nombre. Si quieren sólo desígnenlos como lo que son: imbéciles. Porque nadie necesita recordar a esa bestial figura.

Exílienlos, sí, mándenlos (después de a la chingada) a donde pertenecen: a la isla de los imbéciles. El lugar donde un imbécil no pueda ser imbécil con alguien que no sea más que un imbécil. Si lo son entre sí, quizás hasta podrían cambiar el paradigma: un imbécil por otro imbécil debería resultar en algo positivo, ¿no? Digo, son matemáticas simples.

 

P.D.

Ya después del exilio, si aún quieren, limpien sus almas y perdonen, pero nunca, nunca, nunca olviden. ¡Que el conocimiento empírico acabe con los imbéciles!

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La raíz

Una mirada clavada en mi rostro, eras tú. Con los ojos fijos de un cazador enmarcados por una ceja tan espesa como todo en ti, y el verde-blanquecino que deja la navaja tras la deforestación de tu rostro. Tu cabello era una plasta, una especie de casco que dejaba imperceptible el rastro de tus rulos castaños. Pensaba que eras lacio ¿sabías? Nada podía penetrar tu cabeza, sin antes acariciar los surcos de tu frente. Sudaderas amarillas, verdes, grises. Bermudas hasta las rodillas, tan holgadas que estaba segura no eran de tu talla. ¿Tus tenis? Eran una especie de conchas que más que resguardar tus pies, te arrastraban siempre al mar. Tenías el peor gusto que alguien puede tener. Era gusto de guerrillero, de salvaje, de hombre perdido en las montañas. Ese que es tan agresivo que irónicamente esconde en la fortaleza de su corazón, tantos miedos como dulzura. Asustabas tanto que daba risa. Pero el miedo se fundía en el abismo de tus ojos y de tus movimientos torpes. Poco a poco se desvanecía el humo, y veíamos caer las murallas. Tu voz gruesa era trémula, nerviosa. Como de quien quiere terminar de decir todo de una sola vez, contundente pero insegura. Eras un dedo disparado al horizonte. Ese hombre áspero de manos gigantes que trabajaba con su padre, que no bebía ni una sola gota de alcohol pero que en su decisión era totalmente infranqueable: sabía lo que quería. Y en ese instante, el objetivo, era yo.

Lo supe en un pestañeo.

Edición #MicroRetratos

 

A un año de ti

Me asustan mis 27. Y la piel calcina de cuando cruce una línea más sin ti. De cuando las ojeras se hundan retorciendo los ojos hasta llevarlos al fondo de un envase de extensiones sumamente largas para querer alcanzarte, pero cansadas de perseguirte. Así, en un ser atrofiado. Me asustan mis 27. Y la arrugas que van acentuando las comisuras de los labios, como ecos de los momentos sonreídos o un paréntesis de los años que compartimos y que se alejan. De cuando los pliegues en los párpados terminen de cerrar las dos pequeñas entradas de luz, formando una sola masa, una cicatriz. Me asustan mis 27. Y los años que nos empiezan a hermanar por segunda vez: me acerco a tu edad y entonces la brecha que nos separaba poniéndonos como el mayor y la menor se acaba. Me asustan mis 27. Y lucir mayor al rostro de tu recuerdo. Me asustan mis 27. Y ser irreconocible para ti cuando nos volvamos a ver.

Bang Bang

Como en una batalla de spy vs spy, me aniquilaron de la forma menos esperada. Una roca gigante estaba por caerme encima, pero logré quitarme. Mi mala suerte constó en no ver el verdadero peligro al que me estaba desplazando: él disparándome a quemarropa.

Después de cuatro balas uno ya no ríe. Pero después de 9, tampoco llora, porque es suficiente pérdida de líquidos con los chorros color cereza que abandonan mi cuerpo, como para también despojarme de agua a través de los ojos. Podré ser asesinada, pero dejarme deshidratar… ¡jamás!… sería casi un suicidio: una asesinada más por culpa propia: su victoria.

Así que no, me contengo porque no deseo que me condenen por mi propia muerte, así que incluso evito también sudar. Además, tengo claro que estoy en la edad justa en la que hasta cuando estás muriendo, es preferible conservar la calma y encontrar paz mental, mientras sientes cómo te vas vaciando lentamente.

Eso es, quiero morir con dignidad y elegancia. Primero las manos y sus vibraciones continuas, que hasta hace unas horas hubieran acariciado con ternura su maldad. Después las rodillas que me quemaban ayer, cual premonición, hoy empiezan a paralizarme las piernas como si tuviese por rótulas dos hielos inderretibles. Ahora la cabeza y ese mareo infernal, y la náusea, y los recuerdos que ahora son más nítidos que nunca, y el sentir que ya no siento, y el torpor.

Aunque hay cosas que no encajan en la historia, como ¿quién empujó el alud que me iba a demoler, si él estuvo siempre a mi lado, circundándome perniciosamente, sí, pero a mi lado? ¿De dónde sacó ese revolver tan grande como el de Bruce Willis en el video de Stylo, de Gorillaz? ¿Por qué mi muerte no tiene el ritmo de esa canción? ¿Mi final es su comienzo? ¿O mi comienzo podía estar firmado con su final?

Sería increíble que sonaran canciones de Sinatra o de Einaudi o de Tiersen, qué mejor adiós que ese. Morir escuchando.

Digo, sólo espero no hacerlo bajo el sonido de una ambulancia o perdida en el aburrido color blanco de una sala de hospital, donde el escándalo de la TV abrume. Prefiero aquí tendida sobre el mar rojo, con la brisa de su cobardía arrasada por mi libertad. En la lejanía de su discurso de amor falso y soporífero. Sin la tabarra de su frustración, o la cepa que le une a su madre noche y día impidiéndole ser un verdadero hombre. Con el sol en los ojos, y la luna en el corazón.

Escucho las detonaciones una y otra vez en mi cabeza como si provinieran de un tambor de vudú. Al final creo que él disparó, pero yo lo decidí. Fue mi lealtad hacia él la que lo obligó a jalar el gatillo.

Las cosas nunca deberían ser perfecta, y no lo son. Pero eso sí, todas las cosas pasan cuando deben pasar. En la filosofía griega se trataba del Kairós, una acotación casi divina que te indica que es el momento exacto. Y este, creo que este es el mío: “bang-bang”.

Reminiscencia de una Visión Ciega

– A mi querido amigo lobos:
por la locura que nos juntó antes que la anomia.

Esta mañana abrí los ojos, pero no estoy segura de haberlo hecho por completo. No hay luz, no hay claridad. Sigo en la marisma. No hay nada. Ni un solo recuerdo. ¡Qué te pasa! Claro que sé quién soy… una chica. Una chica llamada Adriana. Una chica llamada Adriana, con 25, ¡no!, 26 años de edad. Una chica llamada Adriana, con 26 años de edad, que… recuerda…na-da. Pero la nada es total y yo sí recuerdo cosas, muy escuetas y con pronombres personales remplazando a los sujetos en cada oración. Pero qué más da. Es normal: solemos olvidar cosas, y nadie se ha quejado de olvidar o de que yo lo olvide, nadie ha detenido a la máquina por eso, a nadie le importa.

A nadie, pero a mí sí. Como si mi cabeza no hiciera conexión con mi lengua, estoy perdiendo el lenguaje. O eso noté cuando al abrir mis ojos me di cuenta de que seguían cerrados y quise cuestionarme “¿qué…?” Algo que no pude si quiera terminar de pronunciar. ¿Qué quería decir? No recuerdo. Las respuestas ya no llegan a mí porque mi cabeza ya no sabe formular preguntas, ni recuerdos. Como si olvidara toda regla y cortara las letras. No hay imágenes, ni oraciones, ni interrogaciones, ni palabras nuevas o viejas.

Pero hay una que se me clavó esta mañana, cuando abrí los ojos y al sentir que no los había abierto, tuve miedo y lloré. Y al seguir el rastro de mis lágrimas desde filo de la almohada hasta la cara, encontré “ojos”. Creo que los “ojos” son el órgano para ver mediante la luz. Pero si no veo. Ni hay luz, ni percepción de nada. Entonces hoy al despertar ¿qué-a-brí? ¿Des? ¿perté?

Silencio, el tiempo se fue

Aullando su último tic-tac, se detuvo el reloj. Tímido uno, franco dos.

Su última vuelta agonizante retorció los segundo en minutos, en horas, en años. Era el tiempo en busca de lo que ya no es tiempo: cada mañana, tarde y noche rozando las mismas 9:00 apesadumbrado.

Por fin se detuvo esa sombra presurosa, acuciante. El vaivén del retablo de duelos acumulados, persiguiéndonos con un sonido espeluznante que mientras menos suena, más acecha.

Miedo tres. Casi cuatro. A rabillo del ojo lo veo marchito, silenciándose ahogado en el círculo. Vaya figura que devora. Un punto en movimiento que llega al mismo sitio; siempre. Es la dialéctica de un amor incomprendido que no veía el fin de su ciclo.

Dicotomía que se creía unidad: dos seres que sin pensarlo deambularon separados: yo vaporosa, tú arrastrándote en el segundero. Lágrimas cinco, decepción en seis, forman la nata de marisma sobre la que se mece el amargo de mi boca.

Pero aún con sequedad, te guardo un último beso con amor de siete y ocho, que recuerde el universo que nos juntó. Las manos perfectamente embonadas como si estuviesen creadas para sí; la sonrisa alzada al sol con el viento cepillándonos los dientes. Eran tus ojos puestos sobre los míos y esa párvula formula para hacer el amor.

El rito despreocupado para quienes aclaman un alma nueva, creyendo que la sucesión de las cosas no va en círculo sino en espiral. Y no, hundidos en la profundidad la bella esencia que nos unió, nos dividía en uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho. Porque estar en el abismo no importaba… hasta que importó, fue dando casi las 9:00, cuando se detuvo este reloj.

La fase de las olas

Septiembre 2016.

Un oleaje acuciante se eleva y se bate dentro, urdiendo tu voz entre la roja espuma. La catástrofe se avecina y sólo la miramos contemplativos sin entenderla, sin comprender la lógica entre el calor húmedo que nos pesa sobre la cabeza y nuestras ganas de quedarnos allí. Pero caminamos enterrando los pies en lo más profundo, sin mancharnos. Mientras la ola inquietante nos vigila y simula un vaivén ligero para tumbarme. Es el cóccix, el sacro y los coxales. Están rotos, o duelen como si lo estuvieran. Como si el piso se hubiese fracturado y el núcleo caliente emergiera lentamente, tan lento que ni la desesperación ni mis sollozos se sienten.

Aunque es cierto: la ola hace un trabajo efectivo y de tajo, como deberían ser todas las cosas que purifican. Y entonces la cabeza se incendia y el cuerpo se enfría: insensible, tartamudo, abandonado ante una marea que sube y sobrellena. Las cenizas en el cráneo se arremolinan en una tolvanera de palabras: “demasiado”, ahora comprendo su significado anormal, una palabra mal entendida todo este tiempo: “te amo demasiado”: te amo “de más”: te amo “en una medida injusta” –amarte no sirve.

El desplome de lo corrupto deja lucidez, el alba de tu mirada abriéndose ante mí: pequeños ojos que no ven nada, pero que en las pupilas se iluminan dos universos donde brotan estrellas y una luna orbita desafiante. El silencio se rompe y por fin escucho a tus constelaciones cantarle a las sombras, que liberarán a las mandrágoras para cuidarte.

Sin saberlo eres conquistadora de una tierra joven, pero insípida, tumultuosa y trágica. Eso sí, tuya, tan tuya que reconoces en cada pliegue de las hojas secas, en el terciopelo rasgado de las escaleras donde se apiñaron los cientos de libros destruidos y las decepciones, en la marea tibia que empieza a descender para ti y en el viento alado que eleva cada sentimiento al lugar menos humano posible. Es tu hogar: un mundo manchado por mundos viejos, con seres inexistentes y recuerdos turbados por la imaginación; pero que, bajo la luz de su propia identidad, florecerá con cada fase de de las olas.

La edad

Recorrimos la distancia en poco tiempo,
años de inocencia que encontraron pronto la primavera.

El viento vestía un terciopelo distinto,
no crujía entre los árboles,
no apagaba llamas.

Acariciaba nuestras caderas;
jugueteaba con el pasto, tu cabello, el mío.

Un instante era todo:
la jacaranda te pintaba
el lápiz te escribía
las voces te cantaban.

Éramos nuestra bebida predilecta,
el festín alojado en tu sonrisa.

Éramos cabalgantes de la libertad,
alimentados por dosis de irresponsable tranquilidad.

Crecimos entre las ramas,
salvajes, hoscos, torpes.

Pero la polilla camina en la rama,
el viento despoja a la jacaranda,
la primavera acaba.

Acaba como principia,
con murmullos impacientes
e inesperadas mutaciones.

Una primavera que no regresa,
porque todas las estaciones viven juntas
como un tornado que arrasa,
como la intranquilidad de un globo que reventará.

Es el caos,
no mío y no tuyo, no fuera de este mundo.
Es nuestro,
en la sequedad de una garganta obscena.

Todo y nada,
la brisa y el calor intenso,
el llanto y una risa estrepitosa,
es pasión, amor y no intentos.

Así te quiero,
con todo en contra y nada a favor.

Él es viento

Él crecía como el viento, libre.

Como un delicado soplo que desde los huesos hasta el corazón,

alborota las jardineras del caos.

Temible corriente que te cobija la piel.

Él veía a través de los líquidos.

Desde un ángulo distinto en el que sorbiendo un trago, o dos,

puedes mirar dentro del alma de cualquiera.

Y su máscara cruzaba el humo,

deslizándose suavemente como lirio sobre agua.

Cristalino corazón que vestía de verde,

un duende devoto al alcohol y a las bellezas sin sombra.

Él era una vena que protegía sus secretos incendiándose.

Naciendo una y otra vez: polvo que volverá a palpitar y será feliz.

Polvo que vuela en libertad, porque él es viento y ahora quizás, hasta es mar.

Conversaciones

Sniker Pimps. ¿Elliott Smith? Sí, aunque me gusta música más tipo Hooverphonic. El oscuro y seductor Leonard Cohen. Prefiero la suave voz de Loise Rhodes de Lamb. Astor Piazzola. Aunque me vuelve loca Natural Born Killers, es cierto que todos somos un poco asesinos. The Driver. Candy. Deberías ver el capítulo White christmas de Black Mirror. Los mandarines de Simone de Beavoir. Kafka.

Ella: la chica con ensoñaciones diurnas, que nunca se fija en su alrededor por seguir la fantasía.

Él: el hombre cuyos guiones jamás alcanzarían para definir lo que es: filosofía-letras-él.

Juntos: conversaciones que siempre se vuelven sublimes bailes, en los que su voz encabeza la melodía. Carcajadas. Descubrirse bajo la luz caleidoscópica de una persiana. Noches azules con un sonido que se escurre por sus cuellos. Explosión de cristales dentro de sus pupilas. Labios húmedos que se ruborizan. Una mirada fija. Todo.

Tiempo: atemporal.

Espacio: sin gravedad.

Sentimiento: un pinchazo en el corazón que baja lentamente desde el pecho hasta su estómago y regresa hasta su cabeza para definir cien veces su nombre. La danza con el universo. Es amor, la fe puesta en ello para encontrar la felicidad. Esa oportunidad que les ha regalado el azar y que dejaron pasar.