Silencio, el tiempo se fue

Aullando su último tic-tac, se detuvo el reloj. Tímido uno, franco dos.

Su última vuelta agonizante retorció los segundo en minutos, en horas, en años. Era el tiempo en busca de lo que ya no es tiempo: cada mañana, tarde y noche rozando las mismas 9:00 apesadumbrado.

Por fin se detuvo esa sombra presurosa, acuciante. El vaivén del retablo de duelos acumulados, persiguiéndonos con un sonido espeluznante que mientras menos suena, más acecha.

Miedo tres. Casi cuatro. A rabillo del ojo lo veo marchito, silenciándose ahogado en el círculo. Vaya figura que devora. Un punto en movimiento que llega al mismo sitio; siempre. Es la dialéctica de un amor incomprendido que no veía el fin de su ciclo.

Dicotomía que se creía unidad: dos seres que sin pensarlo deambularon separados: yo vaporosa, tú arrastrándote en el segundero. Lágrimas cinco, decepción en seis, forman la nata de marisma sobre la que se mece el amargo de mi boca.

Pero aún con sequedad, te guardo un último beso con amor de siete y ocho, que recuerde el universo que nos juntó. Las manos perfectamente embonadas como si estuviesen creadas para sí; la sonrisa alzada al sol con el viento cepillándonos los dientes. Eran tus ojos puestos sobre los míos y esa párvula formula para hacer el amor.

El rito despreocupado para quienes aclaman un alma nueva, creyendo que la sucesión de las cosas no va en círculo sino en espiral. Y no, hundidos en la profundidad la bella esencia que nos unió, nos dividía en uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho. Porque estar en el abismo no importaba… hasta que importó, fue dando casi las 9:00, cuando se detuvo este reloj.

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Reconstrucción 19

Y el cuarto vacío otra vez. Son esas paredes blancas las que me devoran, las que cada noche antes de dormir golpeo tres veces para sentir que seguirán de pie mientras cierro los ojos. Frías. Inquietantes. De una textura rugosa que mientras más rasco, siento llevarme a pedazos. Mis uñas se entierran en el pálido yeso agrietado y como pinzas inertes, me sostienen de él.

Pero en el silencio de la noche pávida, escucho el crujir de algo que se desmorona. Un ladrillo que en segundos puede ser polvo tiritando en la inmensidad de una ola gris que nubla el paisaje por horas. No veo nada, pero mis uñas siguen ancladas a la pared.

La respiro, sigue oliendo a pintura blanca que me asfixia. Me aferré todo este tiempo en ver pulcritud en el cuarto, hasta que te fuiste. Hasta que todos huyeron, aplastando la tierra y dejándola infértil; recogiendo cenizas, demoliendo paredes; encontrando cuerpos, omitiendo verdades.

Pero mi pared es un lienzo blanco que no supe pintar de otro color o con otras formas, y que hoy está eligiendo su propia figura: la de la destrucción. Entre grieta y grieta está marcando su historia, una que sostengo entre mano y espalda desde el 19 de septiembre, porque en el sonido de todas las alarmas y el movimiento de los picos y las palas, soy parte de la pared.

 

 

Vista sobre el navío

Cientos de piedras atormentaban sus ojos marrón, ¿cómo no enamorarse de esa mirada cabizbaja que sólo se alza cuando le da vuelta a la página como queriendo avivar una llama?

Quién no querría ayudarle a encender el brillo de sus pupilas para iluminar como un faro, el mar. Para dirigir al navegante correcto, a aquel que surcaría cualquier camino con tal de tenerla.

Porque por ella vale todo. Por volver a despertar con el sol, su sonrisa caída. Por escuchar el estruendo de su risa en la lluvia. Por sentir en el frío, el calor de su caricia y acurrucar su cuerpo tembloroso.

No para salvarla. Sino para vivir en cuerpo propio el don de la palabra y crear una y mil historias juntos. Para acompañarla a quitar las piedras de sus ojos y disfrutar la vista en un mundo que no ve. Para sentir la música en un mundo que no escucha. Para perderse bailando en un mundo inerte, congelando todo y viviendo en la nada. En la cápsula cristalina que lleva imaginando desde que escribió el libro que ahora lee –y que ha leído ya cientos de veces- y que en cada página le deja una piedra más hundida en la mirada.

Profundos ojos cerrados

Creer, a veces es todo lo que se necesita para estar vivo. Es lucidez, la liga que mantiene unido a nuestro cuerpo, los más dulces sentimientos y los horrores cotidianos; un himen que guarda la integridad de nuestra alma.

Pero yo estoy dejando de creer. Y sé que algo se está separando dentro de mí, porque siento cómo una membrana se desgarra y empieza a flotar sobre mi cuerpo. Como si separaran la clara de un huevo y sólo dejaran la podredumbre.

Veo escurrir las chalazas desde las alturas y un hoyo profundo que aguarda bajo mis pies. La vacuidad invade mi memoria y me eleva sobre el abismo, como si abandonar el cuarto de los recuerdos me volviera etérea.

Ahora todo es especulativo. Tú. Yo. Nuestra historia.

Las veces que caminamos juntos bajo la lluvia y nos besamos. Mi comida favorita. El abrazo de mi madre. La canción con la que noche a noche me arrullaba mi padre. Los partidos de ajedrez con mi hermano. El faro que destellaba nuestra casa en el mar. Todo está cubierto por heno, en tinieblas.

No hay rostros, ni sentimientos. No hay escenarios, ni naturaleza. No hay deseos, ni movimiento. No hay tiempo.

Los cuerpos son vapor que se ondea entre el sosiego de las sombras. En el silencio. En las fauces de un León de melena negra que es devorado por hienas entre cantos gregorianos.

Las mismas hienas que cada noche invadían la sala de mi casa y de las que me escondía, a veces bajo la cama, otras encerrada en el baño o en la esquina del closet.

Pensé que me había librado de ellas en cuanto dejé de escuchar sus risas estruendosas como sirenas de ambulancia. Pero me alcanzaron y ahora sé que soy suya, mi voz, mi cuerpo, mis recuerdos, mi vida es su tributo.

Porque desde el momento en que su lágrima derramó tierra, devoraron lo último que me quedaba: la esperanza. Dejé de creer y la oscuridad eterna enterró mis ojos.

Interrogación

“¿Cómo elegiste quererme así?” Pienso detenidamente mientras lo observo dormir. Suspiro y suavemente deslizo mi mano sobre la sábana azul para cubrirme los senos. No hay escena más bonita que ver como yace Héctor boca abajo con el rostro plácido, rejuvenecido por la tintura que aplicó en su cabello cano.

Cierro los ojos, pongo una coma. Los abro de nuevo porque escucho su respiración. Quiero ser cómplice de la escena, atestiguar el momento exacto en el que un hoyo negro se abra sobre la cabecera para robar la oscuridad de sus ojeras. Pero me gana el cansancio.

Siento sus manos envolver mis piernas y pienso “¿cómo elegiste quererme así?, con tu piel rozando la mía para crear energía cinética”. Pongo un punto y coma; y se ancla a mi cadera para danzar vehemente, con los ojos cerrados y la luz de una aurora boreal cruzando la ventana abierta.

Respiro, respira, se agita, muerdo, acaricia, despeino, pongo más comas. Y gotas de pintura de diferentes colores salpican la habitación. Chispas que iluminan sus ojos aún cerrados y pienso “¿cómo elegiste quererme así?, como un sol que hace florecer al jardín en cada primavera”.

Brinca de nuevo y regresa su cuerpo a la cama. Entonces recuerdo cuando lo conocí, con los ojos hinchados y la boca agria, con una historia rayada que se reproducía una y otra vez hiriéndome y que no sabía si era real o producto de mi imaginación. Pongo un paréntesis.

Trazo mi amor en su espalda y pienso “¿cómo elegiste quererme así? Con la fortuna de un perro abandonado que encuentra un nuevo hogar entre el abismo de los mismos brazos.

El halo del día se acerca. Cierro los ojos para descansar por siempre a su lado. Pongo un punto.

Pero ahora él me mira. Sé que lo hace porque le gusta mirarme, arrullarme con el júbilo de su espíritu que ya no le debe nada a nadie. Fija su mirada en mi sonriente rostro boca abajo y pienso “¿cómo elegiste quererme así? Como un incendio pueril”.

Cierra la cortina para que no entre luz. Pone puntos suspensivos.

Ciclo taciturno

Las peores lágrimas
son las que se lloran en silencio,
con los puños apretados.

Las que hunden los ojos,
ahogan el pecho
y astillan el ombligo.

Las peores lágrimas
acaban con el espíritu,
con las sonrisas bondadosas.

Devoran el brillo en la mirada,
erosionan la piel;
son gotas amargas.

Las peores lágrimas
se viven en anonimato,
ocultando el rostro en lodo.

Rechinan entre los dientes
escaldan la lengua
pudren el vientre.

Las peores lágrimas
quiebran las venas
arrojándote al vacío.

Pero las peores lágrimas
también pueden salvarte:
renacer con otro lagrimal en el Etna de Sade.

Con la mirada a media noche

Tenía 10 años cuando conocí a Emilia, dos años después la mandaron a estudiar a Guanajuato y desapareció de mi vida.

Hoy el frío me invade al saber que murió. No entiendo las razones. Nadie las entiende.

Era joven, hermosa, muy lista y tenía un singular sentido del humor, una risa que contagia a cualquiera y que te hace repensar lo que vas a decir mil veces antes de decirlo.

Aunque era volátil, sabías que te prestaba atención cuando su mano se deslizaba sobre su larga cabellera negra para atarla con el cordón que le había quitado a sus tenis. Como si el viento en la nuca abriera su mente.

Acababa de cumplir 18 años cuando sin despedirse se marchó. No supe con exactitud ni cuando, ni cómo. Sólo recuerdo las cortinas color caoba que apagaron la luz del sol que se colaba en su habitación, una tela que el paso de estos siete años ha roído sin que sus papás se atrevan a cambiarla.

Emilia nunca regresó a ver a Tito, el pequeño perro chinito que adoptó y que escapó de su casa tres o cuatro meses después de que ella se fue.

Sin embargo yo vivía con la esperanza de volverla a ver y esta vez atreverme a hablarle, porque yo ya no soy una chiquilla tonta, he crecido. Ya sabría qué contestar cuando burlonamente me preguntara por los moscos que rodeaban mi cabeza, y que me dejaban pequeñas ronchas amarillas.

Sabría con exactitud qué preguntarle para seguirle la conversación, cuando ella me saludara con una sonrisa. Sabría cómo actuar en cuanto Emilia se acercara a contarme un secreto. Sabría cómo ayudarla. Y ella sabría cómo ayudarme. Sería tan bonita como Emilia y la gente nos adoraría juntas.

Pero no volvió. Nunca escribió. Ni siquiera encuentro a alguien que sepa bien lo que le pasó, sólo sé lo que la amiga de su tía le dijo a mi mamá:

-Murió la niña. Después de ir a la misa de las seis y orar como nunca lo hizo, según el cura José, parece ser que ató un cordón a su garganta y se dejó caer desde la rama que sostiene la casa del árbol de su primito Samuel.

Todos habían salido, su tío Javier había llevado a los niños de viaje y cuando regresaron, a la media noche, encontraron la sinuosa silueta de Emilia colgando. Su vestido blanco lucía impecable y los encajes flotaban con el viento, como si un ángel visitara aquel jardín.

Lo extraño es que su cabello no estaba atado, ¿cómo planear algo sin planearlo, sin poner una gota de dedicación o de atención? ¿Cómo usar un vestido tan pulcramente limpio cuando la sangre de tu cabeza chorrea? ¿Cómo tener la vista en la luna y los labios perfectamente cerrados cuando la desesperación por no respirar te ataca?

Ya no importa, porque seguro nadie querrá escuchar lo que su tío Javier y sus papás le obligaron a callar. No importa, no importa, no importa porque Emilia ya no está y yo, yo ya no podré ser tan bonita como ella.

 

*Pintura: Mujeres Alcanzando la Luna de Rufino Tamayo.

Condensado

Histeria, es el diagnóstico que me dio el doctor. Pero no me trago ese cuento, estoy segura de que tengo un mal en el corazón que nadie me quiere revelar. Voy a morir y él lo sabe.

No puedes seguir obsesionada, Elena, estás tirando todo por la borda.

Pero ya no escucho nada, sólo ruido muerto: palabras borrascosas que se adhieren como arañazos a mi piel.

Qué desesperante, no he podido dejar de rascar la mesa porque mi corazón late tan rápido que siento cómo la vena superior de mi frente va estallar.

Sí, y estallarán astillas justo frente a la cara del doctor. Entonces sí se le caerá el teatro, porque ni siquiera tiene qué recetarme. Ni yo más que explorar: Acortral, Tafil, Prozac, Clonazepam, Diazepam, Carbamazepina, ya nada me funciona.

Antes lo hacían, cuando bajaba mi cabeza para dormir y me sumergía en la profundidad del mar. La oscuridad perfecta en la que una línea blanca me acariciaba la cabeza y me permitía encontrar respuestas.

Pero esta agitación ya no me deja dormir por las noches, aun cuando engulla mis pastillas siento que algo pesado danza sobre mi pecho y me impide respirar. Abro los ojos inhalando lo más fuerte posible, pero no sé si estoy despierta.

La piel se me eriza de sólo pensar que se están riendo de mí. Y sé que tengo que regresar a casa, pero me aterra pensar que a mi llegada estará mi madre sentada en mi sillón rojo y el doctor acompañándola.

Y sé que no escucharé nada de lo que planeen, porque lo único que oigo es cómo mi corazón se azota contra las paredes.

Amor, odio, locura, bah, son palabras que ya no describen nada, que ya ni siquiera entiendo y que ya no puedo utilizar para completar con coherencia una oración. Son palabras que cuando le intente explicar al doctor, su rostro se desvanecerá ante mis ojos mientras me dice que no tengo un problema en el corazón.

Él es viento

Él crecía como el viento, libre.

Como un delicado soplo que desde los huesos hasta el corazón,

alborota las jardineras del caos.

Temible corriente que te cobija la piel.

Él veía a través de los líquidos.

Desde un ángulo distinto en el que sorbiendo un trago, o dos,

puedes mirar dentro del alma de cualquiera.

Y su máscara cruzaba el humo,

deslizándose suavemente como lirio sobre agua.

Cristalino corazón que vestía de verde,

un duende devoto al alcohol y a las bellezas sin sombra.

Él era una vena que protegía sus secretos incendiándose.

Naciendo una y otra vez: polvo que volverá a palpitar y será feliz.

Polvo que vuela en libertad, porque él es viento y ahora quizás, hasta es mar.

Cabeza de Mariposa

Ayer soñé que te amaba. Que con tus manos tibias desnudabas mi cuerpo y me inundabas con gotas granuladas de agua babosa. No te vi. Sólo te toqué mientras tú tarareabas una canción vieja con la cual siempre te sientes el más seductor del mundo, lo eres cuando te mueves al ritmo de tu voz quejinche.

¿Podrías preguntarme algo?, te dije. Preguntaste ¿por qué? Y yo te contesté que con eso bastaba. Callé de inmediato, pues esa era la prueba que necesitaba para deslindar el sueño consciente del de la inconsciencia, todos los que se me olvidan. Mi memoria lo retendría por un rato. No mucho más. En ese instante pensaba en mil cosas más que en ti y aun así te sentía y te disfrutaba.

Te recostase sobre mi pecho sin decir más, mientras yo te acariciaba el cabello con la misma ternura como cuando acurrucas a un pequeño para que no sueñe feo. Cuidaba de ti, y de lo que hay más allá cuando duermes. Justo allí me quedé dormida, con el control de la TV en mi estómago, un brazo bajo tu cabello y el otro deshaciéndose entre las cobijas.

Entonces ya no te soñé. Me soñé recostada bajo un árbol. Asustada. En tinieblas. Con un poco de sangre entre los labios. Roída de un brazo. Corre, corre, me dije. Hoy tienes que salvar tu vida y comer, comer, comer. No sé por qué pero sólo pensaba en comer. Mi estómago crujía, pero parecía que eso me daba más fuerzas y más ánimos de correr.

¡Lo encontré! Lo arañé, lo desgarré, lo mordí con mucha furia. Jamás me sentí tan enojada y agradecida a la vez. Una sensación extraña que pasaba por cada parte de mi cuerpo. Mi pelo se erizó. Mis ojos se abrieron más ante la oscuridad. Mis pies se agrandaron entre las hojas secas.

¿Sientes mi grandeza?, le dije al humano que me espiaba con cara de espanto. ¿Crees que no te había visto? Claro que lo hice, reconozco tu olor desde hace un par de años y aunque lo evito, me es inconfundible. Es horrendo.

Sus dedos rodeaban una enorme piedra que supongo quería sorrajarme en la cabeza en cuanto me descuidara. Respóndeme algo, ¿estás jugando al suicidio? Con la cara más pálida que antes, una especie de temblorina en el ojo y apretando fuertemente la piedra como su más valioso tesoro contestó “¿por qué?”

Entonces lo supe. Alardeando, dije al aire “tienes de dos, o comes conmigo o te largas ahora para que cuando te canses, seas mi desayuno”. Sólo jugaba, la carne de humano es bastante asquerosa.

Y entonces te abalanzaste sobre mi antílope moribundo. Qué bonita cortesía la que te enseñan en ese mundo: dejarle claro al anfitrión que el invitado disfruta la comida que se le brindó. Las “buenas costumbres” del educado.

Pero acá el educado muere, porque no eres mi defendido, eres mi presa. Y yo, yo no te voy a hacer daño. No te hincaré mis colmillos, no te rasguñaré, no te arrastraré entre la maleza, no beberé de tu gastada sangre. Mucho menos te cobijaré entre mi pelaje. Morirás acá, lo sé. El búho fijó su mirada en ti, la mariposa negra se posó entre tus pestañas, el amarillo de tu piel irradió lo contrario a la energía. Un escenario que no sabes cuánto disfruto: caerás y yo te conservaré, dormirás sobre mi brazo mientras yo veo TV.