La raíz

Una mirada clavada en mi rostro, eras tú. Con los ojos fijos de un cazador enmarcados por una ceja tan espesa como todo en ti, y el verde-blanquecino que deja la navaja tras la deforestación de tu rostro. Tu cabello era una plasta, una especie de casco que dejaba imperceptible el rastro de tus rulos castaños. Pensaba que eras lacio ¿sabías? Nada podía penetrar tu cabeza, sin antes acariciar los surcos de tu frente. Sudaderas amarillas, verdes, grises. Bermudas hasta las rodillas, tan holgadas que estaba segura no eran de tu talla. ¿Tus tenis? Eran una especie de conchas que más que resguardar tus pies, te arrastraban siempre al mar. Tenías el peor gusto que alguien puede tener. Era gusto de guerrillero, de salvaje, de hombre perdido en las montañas. Ese que es tan agresivo que irónicamente esconde en la fortaleza de su corazón, tantos miedos como dulzura. Asustabas tanto que daba risa. Pero el miedo se fundía en el abismo de tus ojos y de tus movimientos torpes. Poco a poco se desvanecía el humo, y veíamos caer las murallas. Tu voz gruesa era trémula, nerviosa. Como de quien quiere terminar de decir todo de una sola vez, contundente pero insegura. Eras un dedo disparado al horizonte. Ese hombre áspero de manos gigantes que trabajaba con su padre, que no bebía ni una sola gota de alcohol pero que en su decisión era totalmente infranqueable: sabía lo que quería. Y en ese instante, el objetivo, era yo.

Lo supe en un pestañeo.

Edición #MicroRetratos

 

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La fase de las olas

Septiembre 2016.

Un oleaje acuciante se eleva y se bate dentro, urdiendo tu voz entre la roja espuma. La catástrofe se avecina y sólo la miramos contemplativos sin entenderla, sin comprender la lógica entre el calor húmedo que nos pesa sobre la cabeza y nuestras ganas de quedarnos allí. Pero caminamos enterrando los pies en lo más profundo, sin mancharnos. Mientras la ola inquietante nos vigila y simula un vaivén ligero para tumbarme. Es el cóccix, el sacro y los coxales. Están rotos, o duelen como si lo estuvieran. Como si el piso se hubiese fracturado y el núcleo caliente emergiera lentamente, tan lento que ni la desesperación ni mis sollozos se sienten.

Aunque es cierto: la ola hace un trabajo efectivo y de tajo, como deberían ser todas las cosas que purifican. Y entonces la cabeza se incendia y el cuerpo se enfría: insensible, tartamudo, abandonado ante una marea que sube y sobrellena. Las cenizas en el cráneo se arremolinan en una tolvanera de palabras: “demasiado”, ahora comprendo su significado anormal, una palabra mal entendida todo este tiempo: “te amo demasiado”: te amo “de más”: te amo “en una medida injusta” –amarte no sirve.

El desplome de lo corrupto deja lucidez, el alba de tu mirada abriéndose ante mí: pequeños ojos que no ven nada, pero que en las pupilas se iluminan dos universos donde brotan estrellas y una luna orbita desafiante. El silencio se rompe y por fin escucho a tus constelaciones cantarle a las sombras, que liberarán a las mandrágoras para cuidarte.

Sin saberlo eres conquistadora de una tierra joven, pero insípida, tumultuosa y trágica. Eso sí, tuya, tan tuya que reconoces en cada pliegue de las hojas secas, en el terciopelo rasgado de las escaleras donde se apiñaron los cientos de libros destruidos y las decepciones, en la marea tibia que empieza a descender para ti y en el viento alado que eleva cada sentimiento al lugar menos humano posible. Es tu hogar: un mundo manchado por mundos viejos, con seres inexistentes y recuerdos turbados por la imaginación; pero que, bajo la luz de su propia identidad, florecerá con cada fase de de las olas.