La fase de las olas

Septiembre 2016.

Un oleaje acuciante se eleva y se bate dentro, urdiendo tu voz entre la roja espuma. La catástrofe se avecina y sólo la miramos contemplativos sin entenderla, sin comprender la lógica entre el calor húmedo que nos pesa sobre la cabeza y nuestras ganas de quedarnos allí. Pero caminamos enterrando los pies en lo más profundo, sin mancharnos. Mientras la ola inquietante nos vigila y simula un vaivén ligero para tumbarme. Es el cóccix, el sacro y los coxales. Están rotos, o duelen como si lo estuvieran. Como si el piso se hubiese fracturado y el núcleo caliente emergiera lentamente, tan lento que ni la desesperación ni mis sollozos se sienten.

Aunque es cierto: la ola hace un trabajo efectivo y de tajo, como deberían ser todas las cosas que purifican. Y entonces la cabeza se incendia y el cuerpo se enfría: insensible, tartamudo, abandonado ante una marea que sube y sobrellena. Las cenizas en el cráneo se arremolinan en una tolvanera de palabras: “demasiado”, ahora comprendo su significado anormal, una palabra mal entendida todo este tiempo: “te amo demasiado”: te amo “de más”: te amo “en una medida injusta” –amarte no sirve.

El desplome de lo corrupto deja lucidez, el alba de tu mirada abriéndose ante mí: pequeños ojos que no ven nada, pero que en las pupilas se iluminan dos universos donde brotan estrellas y una luna orbita desafiante. El silencio se rompe y por fin escucho a tus constelaciones cantarle a las sombras, que liberarán a las mandrágoras para cuidarte.

Sin saberlo eres conquistadora de una tierra joven, pero insípida, tumultuosa y trágica. Eso sí, tuya, tan tuya que reconoces en cada pliegue de las hojas secas, en el terciopelo rasgado de las escaleras donde se apiñaron los cientos de libros destruidos y las decepciones, en la marea tibia que empieza a descender para ti y en el viento alado que eleva cada sentimiento al lugar menos humano posible. Es tu hogar: un mundo manchado por mundos viejos, con seres inexistentes y recuerdos turbados por la imaginación; pero que, bajo la luz de su propia identidad, florecerá con cada fase de de las olas.

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