Vista sobre el navío

Cientos de piedras atormentaban sus ojos marrón, ¿cómo no enamorarse de esa mirada cabizbaja que sólo se alza cuando le da vuelta a la página como queriendo avivar una llama?

Quién no querría ayudarle a encender el brillo de sus pupilas para iluminar como un faro, el mar. Para dirigir al navegante correcto, a aquel que surcaría cualquier camino con tal de tenerla.

Porque por ella vale todo. Por volver a despertar con el sol, su sonrisa caída. Por escuchar el estruendo de su risa en la lluvia. Por sentir en el frío, el calor de su caricia y acurrucar su cuerpo tembloroso.

No para salvarla. Sino para vivir en cuerpo propio el don de la palabra y crear una y mil historias juntos. Para acompañarla a quitar las piedras de sus ojos y disfrutar la vista en un mundo que no ve. Para sentir la música en un mundo que no escucha. Para perderse bailando en un mundo inerte, congelando todo y viviendo en la nada. En la cápsula cristalina que lleva imaginando desde que escribió el libro que ahora lee –y que ha leído ya cientos de veces- y que en cada página le deja una piedra más hundida en la mirada.

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