Con la mirada a media noche

Tenía 10 años cuando conocí a Emilia, dos años después la mandaron a estudiar a Guanajuato y desapareció de mi vida.

Hoy el frío me invade al saber que murió. No entiendo las razones. Nadie las entiende.

Era joven, hermosa, muy lista y tenía un singular sentido del humor, una risa que contagia a cualquiera y que te hace repensar lo que vas a decir mil veces antes de decirlo.

Aunque era volátil, sabías que te prestaba atención cuando su mano se deslizaba sobre su larga cabellera negra para atarla con el cordón que le había quitado a sus tenis. Como si el viento en la nuca abriera su mente.

Acababa de cumplir 18 años cuando sin despedirse se marchó. No supe con exactitud ni cuando, ni cómo. Sólo recuerdo las cortinas color caoba que apagaron la luz del sol que se colaba en su habitación, una tela que el paso de estos siete años ha roído sin que sus papás se atrevan a cambiarla.

Emilia nunca regresó a ver a Tito, el pequeño perro chinito que adoptó y que escapó de su casa tres o cuatro meses después de que ella se fue.

Sin embargo yo vivía con la esperanza de volverla a ver y esta vez atreverme a hablarle, porque yo ya no soy una chiquilla tonta, he crecido. Ya sabría qué contestar cuando burlonamente me preguntara por los moscos que rodeaban mi cabeza, y que me dejaban pequeñas ronchas amarillas.

Sabría con exactitud qué preguntarle para seguirle la conversación, cuando ella me saludara con una sonrisa. Sabría cómo actuar en cuanto Emilia se acercara a contarme un secreto. Sabría cómo ayudarla. Y ella sabría cómo ayudarme. Sería tan bonita como Emilia y la gente nos adoraría juntas.

Pero no volvió. Nunca escribió. Ni siquiera encuentro a alguien que sepa bien lo que le pasó, sólo sé lo que la amiga de su tía le dijo a mi mamá:

-Murió la niña. Después de ir a la misa de las seis y orar como nunca lo hizo, según el cura José, parece ser que ató un cordón a su garganta y se dejó caer desde la rama que sostiene la casa del árbol de su primito Samuel.

Todos habían salido, su tío Javier había llevado a los niños de viaje y cuando regresaron, a la media noche, encontraron la sinuosa silueta de Emilia colgando. Su vestido blanco lucía impecable y los encajes flotaban con el viento, como si un ángel visitara aquel jardín.

Lo extraño es que su cabello no estaba atado, ¿cómo planear algo sin planearlo, sin poner una gota de dedicación o de atención? ¿Cómo usar un vestido tan pulcramente limpio cuando la sangre de tu cabeza chorrea? ¿Cómo tener la vista en la luna y los labios perfectamente cerrados cuando la desesperación por no respirar te ataca?

Ya no importa, porque seguro nadie querrá escuchar lo que su tío Javier y sus papás le obligaron a callar. No importa, no importa, no importa porque Emilia ya no está y yo, yo ya no podré ser tan bonita como ella.

 

*Pintura: Mujeres Alcanzando la Luna de Rufino Tamayo.

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