Cabeza de Mariposa

Ayer soñé que te amaba. Que con tus manos tibias desnudabas mi cuerpo y me inundabas con gotas granuladas de agua babosa. No te vi. Sólo te toqué mientras tú tarareabas una canción vieja con la cual siempre te sientes el más seductor del mundo, lo eres cuando te mueves al ritmo de tu voz quejinche.

¿Podrías preguntarme algo?, te dije. Preguntaste ¿por qué? Y yo te contesté que con eso bastaba. Callé de inmediato, pues esa era la prueba que necesitaba para deslindar el sueño consciente del de la inconsciencia, todos los que se me olvidan. Mi memoria lo retendría por un rato. No mucho más. En ese instante pensaba en mil cosas más que en ti y aun así te sentía y te disfrutaba.

Te recostase sobre mi pecho sin decir más, mientras yo te acariciaba el cabello con la misma ternura como cuando acurrucas a un pequeño para que no sueñe feo. Cuidaba de ti, y de lo que hay más allá cuando duermes. Justo allí me quedé dormida, con el control de la TV en mi estómago, un brazo bajo tu cabello y el otro deshaciéndose entre las cobijas.

Entonces ya no te soñé. Me soñé recostada bajo un árbol. Asustada. En tinieblas. Con un poco de sangre entre los labios. Roída de un brazo. Corre, corre, me dije. Hoy tienes que salvar tu vida y comer, comer, comer. No sé por qué pero sólo pensaba en comer. Mi estómago crujía, pero parecía que eso me daba más fuerzas y más ánimos de correr.

¡Lo encontré! Lo arañé, lo desgarré, lo mordí con mucha furia. Jamás me sentí tan enojada y agradecida a la vez. Una sensación extraña que pasaba por cada parte de mi cuerpo. Mi pelo se erizó. Mis ojos se abrieron más ante la oscuridad. Mis pies se agrandaron entre las hojas secas.

¿Sientes mi grandeza?, le dije al humano que me espiaba con cara de espanto. ¿Crees que no te había visto? Claro que lo hice, reconozco tu olor desde hace un par de años y aunque lo evito, me es inconfundible. Es horrendo.

Sus dedos rodeaban una enorme piedra que supongo quería sorrajarme en la cabeza en cuanto me descuidara. Respóndeme algo, ¿estás jugando al suicidio? Con la cara más pálida que antes, una especie de temblorina en el ojo y apretando fuertemente la piedra como su más valioso tesoro contestó “¿por qué?”

Entonces lo supe. Alardeando, dije al aire “tienes de dos, o comes conmigo o te largas ahora para que cuando te canses, seas mi desayuno”. Sólo jugaba, la carne de humano es bastante asquerosa.

Y entonces te abalanzaste sobre mi antílope moribundo. Qué bonita cortesía la que te enseñan en ese mundo: dejarle claro al anfitrión que el invitado disfruta la comida que se le brindó. Las “buenas costumbres” del educado.

Pero acá el educado muere, porque no eres mi defendido, eres mi presa. Y yo, yo no te voy a hacer daño. No te hincaré mis colmillos, no te rasguñaré, no te arrastraré entre la maleza, no beberé de tu gastada sangre. Mucho menos te cobijaré entre mi pelaje. Morirás acá, lo sé. El búho fijó su mirada en ti, la mariposa negra se posó entre tus pestañas, el amarillo de tu piel irradió lo contrario a la energía. Un escenario que no sabes cuánto disfruto: caerás y yo te conservaré, dormirás sobre mi brazo mientras yo veo TV.

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